Notas sobre “Exilios: poesía latinoamericana del siglo XX”

“El exilio es un viaje sin retorno”. Ésta es la primera frase que remarco en la introducción de Marina Gasparini Lagrange de su libro Exilios: poesía latinoamericana del siglo XX. Y es que la autora acierta en pleno al afirmar ese no retorno de los que emprenden el viaje a la desterritorialización, al desarraigo de la tierra, y en algunos casos, de sí mismos. Pero también afirmaría que el exilio es una partida sin final, un eterno seguir sin lugar de llegada, un devenir sin respuesta. Quizás acá esté la esencia de un poeta y de su poesía: la necesidad de partir de todo hacia un lugar que no conoce, porque la poesía es un andar incesante, así, como el exilio.

La guerra siempre ha sido la primera causa de este fenómeno que desplaza a la literatura de su centro, de su canon, cosa que ha beneficiado a la misma literatura al enriquecerla; pero con el tiempo los poetas han preferido imponerse la huida, aferrarse al exilio como una manera de vida, para escribir, para poder escapar hacia adentro, hacia afuera, de todos, de ellos mismos. Igor Barreto en uno de sus poemas incluidos en la antología, lo dice: “El exilio es una categoría del espíritu”.

Los poetas que han escrito su obra en el exilio (sea cual fuese éste) parecen encontrar un tiempo distinto en su escritura, dejando un sello de paciencia, una cadencia particular, como si el mito de Odiseo fuese aprehendido finalmente entre versos: partir para volver, para saber volver y estar, bien sea en cuerpo o en un poema. La poesía del exilio funda el espíritu, lo prepara para afrontar lo venidero, forma un espejismo de esperanza frente al desasosiego, al desamparo; un espejismo de esperanza, pero esperanza al fin y al cabo. De esta manera cada exiliado va creyendo en lo que puede para recuperar su centro, ese al que ya no pertenece.

Los poetas antologados en este libro responden a las dos corrientes del exilio mencionado, han sufrido sus embates y han recurrido a la palabra como una estancia donde alzar nuevas bases para un nuevo hogar. Son varios los que han tenido que vivir esta situación por los problemas políticos de su época, por su lucha contra gobiernos autoritarios: Heberto Padilla fue preso en Cuba por sus ideas y luego exiliado a Estados Unidos hasta su muerte, sin poder volver a su tierra. Rafael Cadenas vivió su exilio en la isla de Trinidad, después de ser activista político en nuestro país. Reinaldo Arenas también sufrió el exilio al ser perseguido por el gobierno de Fidel Castro y nunca más pudo volver, muriendo en Nueva York, luego de una larga enfermedad. Pero otros poetas han decidido el exilio como una forma de estar más cerca de su oficio, quizás su única manera de entender la poesía, perdiendo un país por voluntad. Podemos nombrar a Guillermo Sucre, Hanni Ossott o Alejandra Pizarnik como algunos ejemplos destacados que integran esta selección.

Sin duda la publicación de este libro es una ventana que se abre para la reflexión y el disfrute de un grupo de poemas que nos muestran, más que versos, una manera de vivir.

Reseña escrita por: Alberto Sáez. Síguelo en Twitter.

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